Hubo un tiempo en que saber si una mujer estaba embarazada no era tan sencillo como hoy. No existían las tiras reactivas, ni los análisis rápidos de sangre, ni los sofisticados inmunoensayos actuales. El diagnóstico temprano del embarazo requería paciencia, animales de laboratorio y conocimientos de fisiología. En ese escenario, un médico argentino tuvo una idea tan sencilla como brillante, fruto del ingenio argentino. Su nombre fue Carlos Galli Mainini. Quienes estudiamos Medicina hace varias décadas probablemente recordemos haber oído hablar de él. En mi caso, como estudiante de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Tucumán, en la cátedra de Fisiología de Alfredo Coviello, la reacción de Galli Mainini formaba parte de aquellos conocimientos que había que aprender. Era el famoso “test del sapo”. La historia merece ser recordada. Galli Mainini nació en Buenos Aires en 1914 y se graduó de médico en 1937. Se formó en el ámbito de la endocrinología y desarrolló parte de su actividad científica en el Instituto de Biología y Medicina Experimental, dirigido por Bernardo Houssay, Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1947. Allí se encontraba una extraordinaria generación de investigadores argentinos, entre ellos Eduardo De Robertis, cuyos estudios habían contribuido a demostrar la acción de las gonadotrofinas sobre el testículo de los batracios. Galli Mainini tuvo la intuición decisiva: si la orina de una mujer embarazada contenía gonadotrofina coriónica, esa hormona debía provocar en el sapo macho una respuesta biológica fácilmente observable. Y así nació la reacción que llevaría su nombre. Se inyectaba la orina de la mujer sospechada de embarazo en el dorso del sapo macho. Si existía gonadotrofina coriónica humana, el animal respondía liberando espermatozoides. A las pocas horas se recogía material de la cloaca y se lo examinaba al microscopio. La presencia de espermatozoides indicaba un resultado positivo. Lo que hoy puede parecernos casi pintoresco era entonces una verdadera conquista de la medicina. La reacción permitía obtener el diagnóstico en pocas horas y, sobre todo, era sencilla, económica y no requería sacrificar al animal. La primera publicación de Galli Mainini apareció en 1947 y el procedimiento llegó a difundirse ampliamente en distintos países. Era, en definitiva, una forma de “ver” una hormona a través de una respuesta biológica. Pero la ciencia no se detiene. Durante la década de 1960 comenzaron a desarrollarse las pruebas inmunológicas para detectar la hCG. En 1972 se describió un radioinmunoensayo dirigido específicamente contra la subunidad beta de la hormona, un avance decisivo que permitió aumentar la especificidad del diagnóstico. Después llegarían los métodos enzimáticos, los análisis automatizados y, finalmente, los pequeños dispositivos que hoy permiten confirmar un embarazo en pocos minutos. El sapo quedó entonces fuera del laboratorio. Pero no debería quedar fuera de la memoria. Carlos Galli Mainini murió prematuramente en Buenos Aires, en 1961, cuando tenía apenas 47 años. Su vida científica había sido breve, pero su aporte trascendió las fronteras de la Argentina. Su método fue conocido internacionalmente como reacción de Galli Mainini y formó parte durante décadas de la historia del diagnóstico del embarazo. Hay, además, una dimensión humana de esta historia que resulta particularmente atractiva: el vínculo de Galli Mainini con aquella extraordinaria comunidad científica argentina que rodeaba a Houssay y que incluía a figuras como Eduardo De Robertis. También está el recuerdo de su relación con Ernesto Sábato, otro hombre formado inicialmente en el mundo de la ciencia antes de convertirse en uno de nuestros grandes escritores. Quizás sea tiempo de rescatar del olvido a Galli Mainini. Porque su mérito no consistió solamente en haber inventado una prueba con un sapo. Su verdadero mérito fue haber sabido transformar un conocimiento fisiológico en una herramienta médica concreta, sencilla y accesible. Allí está la esencia de la investigación: observar, comprender y encontrar una aplicación útil para aquello que la naturaleza nos muestra. Hoy podemos detectar la hCG con una precisión que Galli Mainini jamás pudo imaginar. Podemos hacerlo con una gota de sangre o unas gotas de orina y obtener el resultado en minutos. Pero detrás de esa tecnología hay una historia. Y en esa historia hay un médico argentino que, hace casi ochenta años, tuvo la brillante idea de preguntarle a un sapo lo que la medicina todavía no podía preguntar directamente. Carlos Galli Mainini merece ser recordado. También por eso, vaya nuestro homenaje.

Juan L. Marcotullio                     

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